Por qué un par de ojos externos valen más de lo que piensas
Cuando llega el momento de evaluar un programa social, algo curioso sucede. Los directores y financiadores suelen verlo como una oportunidad. Los equipos que ejecutan el programa día a día, en cambio, muchas veces lo viven como una amenaza.
No es que no quieran mejorar. No es que no les importe el impacto. Es que cuando escuchan “evaluación externa”, lo que muchos sienten en realidad es: “esto es una auditoría”, “nos van a pedir cosas que no tenemos”, “nos van a evaluar a nosotros como profesionales y no el programa”.
Y ese miedo cambia todo, afecta la evaluación y el proceso de esta.
El miedo real detrás de la resistencia
En nuestro trabajo evaluando programas sociales, nos hemos encontrado muchas veces con esta situación, es normal, la comprendemos. Equipos comprometidos, profesionales dedicados, personas que llevan meses o años trabajando en un programa con todo su esfuerzo y corazón. Y al momento que llega la evaluación, aparecen todos los fantasmas.
¿Por qué?
La evaluación generalmente se asocia a consecuencias negativas o desagradables: reprobaciones escolares, retos de nuestros apoderados, no poder entrar o acceder a un beneficio, perder una licitación o certificación. Esta asociación entre evaluación y consecuencias negativas, activa en nuestro sistema el miedo y con justa razón.
En el espacio profesional pasa parecido, generalmente la evaluación de los programas generan desconfianza, los profesionales a cargo de ellos sienten en alguna medida que más que evaluar el programa, los van a evaluar a ellos como profesionales. Que si los resultados no son buenos, quedarán expuestos. Que si no cuentan con la información que se les pregunta, es una falta. Que si algo falla, será su culpa. Que toda su dedicación se va a reducir a una lista de errores.
Pero ese miedo está basado en una confusión fundamental sobre qué es realmente una evaluación de programas.
La evaluación de progamas no te mide a ti. Mide el programa.
Aquí está el punto que necesita quedar absolutamente claro: una evaluación de programas mide lo que se está generando con el programa, el cambio que estás haciendo en la vida de tus beneficiarios. No mide tu desempeño personal ni tu capacidad profesional.
La diferencia es enorme.
Por ejemplo, cuando evaluamos un programa educativo, no estamos preguntándonos si los profesores son buenos o malos. Estamos preguntándonos si el programa, tal como está diseñado y ejecutado, está logrando que los estudiantes aprendan más, mejoren su rendimiento o desarrollen las habilidades que se propuso desarrollar.
La evaluación se centra en el programa como sistema, no en las personas que lo ejecutan. Y esa distinción no es semántica. Es fundamental.
Al evaluar un sistema no se está evaluando perfiles particulares ni el desempeño de personas, se está evaluando si el sistema con sus diferentes elementos y articulación entre ellos logra lo que dice y que necesita para lograrlo.
Por qué necesitas una mirada externa
Cuando trabajas en un programa social día a día, estás inmerso en él. Conoces cada actividad, cada desafío operativo, cada historia de los beneficiarios. Esa cercanía es tu fortaleza: nadie conoce el programa mejor que tú.
Pero esa misma cercanía tiene un costo: el punto ciego.
Hay patrones que solo se ven desde afuera. Hay desconexiones entre lo que se planeó y lo que realmente está pasando que desde adentro se normalizan. Hay oportunidades de mejora que están ahí, visibles, pero que cuando estás tan cerca simplemente no las puedes ver.
Es naturaleza humana.
Imaginemos un programa de salud visual para mejorar la productividad. El equipo ejecutor ve que quienes se atienden son diagnosticados, y quienes presentan problemas de visión, reciben lentes y todos ejecutor y beneficiario son felices. Desde la perspectiva del ejecutor, todo va bien y probablemente tienen un alto NPS. Pero una evaluación externa se centra en el objetivo final, y encuentra que la mayoría de los que reciben lentes luego no lo usan.
El equipo no lo sabía porque estaban enfocados en la ejecución correcta, en lo que pasa dentro del programa. No es su falla. Es información que simplemente no tenían porque nadie la estaba buscando.
Ahí donde una mirada externa se vuelve invaluable. No para señalar culpables, sino para mostrar el panorama completo que desde dentro no se alcanza a ver.
El valor real de la evaluación
Cuando un equipo ve la evaluación como una amenaza, se pierde algo enorme: todo el valor que esa evaluación puede entregarles.
Una evaluación de impacto bien hecha puede:
- Mostrar el verdadero valor de tu programa.
- Ayudarte a mejorar tu gestión.
- Abrir puertas para escalar.
- Identificar qué funciona y por qué.
Nada de esto es posible si el equipo vive la evaluación como una amenaza y no se conversa de ellas previamente. Es importante generar confianza internas y externas al momento de hacer una evaluación.
Lograr un cambio de perspectiva en la evaluación con el equipo ejecutor es fundamental para vivir el proceso de la evaluación como una posibilidad de fortalecer la operación, donde cada actor involucrado tiene agencia y no es algo que te hacen, sino que hacemos.
La mejor evaluación no es la que se hace “sobre” un equipo, sino la que se hace “con” un equipo.
Recuerda…
Si eres parte de un equipo que ejecuta un programa que está a punto de ser evaluado, conversa respecto a lo que te incomoda, esos miedos y recuerda, una evaluación de programa o impacto no se trata de ti, se trata del programa que se está evaluando y su sistema. Esa evaluación puede ser una de las herramientas más poderosas que tengas para fortalecer tu trabajo. Es una oportunidad para integrar tus preguntas y tu experiencia.
Si eres director o líder de una organización, conversa respecto a las resistencia, entrega garantías del proceso y ayuda a tu equipo a entender esto. Aclara desde el inicio que la evaluación no es un juicio sobre su desempeño. Es una oportunidad de mejora colectiva.
Y si eres evaluador, recuerda validar el trabajo de las personas con las que te encuentres, tu trabajo no es señalar fallas o faltas. Es entender lo que hay e iluminar lo que no se ve, con respeto por quienes están en el terreno todos los días.
La próxima vez que escuches “evaluación externa”, en lugar de resistirte, pregúntate: ¿qué puedo aprender de esto? ¿Qué voy a poder mejorar con esta información? ¿Cuál de mis dudas responderán esta vez?
Porque un par de ojos externos vale más de lo que piensas. No porque tú no seas capaz, sino porque nadie puede verlo todo desde adentro.
Publicado originalmente en el newsletter Impacta · Con sentido en LinkedIn.
